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La Reforma laboral y la innovación en las empresas

Escrito por ealcain in Reforma, Innovacion - 10 Abr, 2012

Traigo a colación un enfoque novedoso sobre, probablemente, consecuencias no deseadas de la reforma Laboral instrumentada por el Gobierno.

La Reforma laboral no apunta a una mejora de nuestro modelo productivo, porque no genera buenas condiciones para el desarrollo de la innovación. Esta es la tesis que suscriben Jaime Laviña y Eduardo Alcaín del Foro de empresas innovadoras en la tribuna publicada en el Nuevo Lunes del 9 de abril de 2.012 en el Suplemento de Ciencia y Técnica y que a continuación reproducimos.

La reforma laboral y la innovación en las empresas

Jaime Laviña Orueta y Eduardo Alcaín Tejada, Foro de Empresas Innovadoras.

Según la Real academia de la Lengua, crisis significa “mutación importante en el desarrollo de los procesos”. Convertir la crisis en una oportunidad es un anhelo al que no debe renunciarse. Creemos coincidir con la mayoría de los ciudadanos, al afirmar que esperábamos que los poderes públicos, tanto los pasados gobernantes como los actuales, fueran a aprovechar esta crisis para impulsar el cambio de un modelo productivo que, a todas luces, había mostrado su ineficiencia. En una economía global y extraordinariamente competitiva, en la sociedad del conocimiento, en la era de Internet, es difícilmente sostenible cualquier proyecto que no se apoye, entre otras palancas, en un mayor desarrollo del tejido científico y tecnológico y en una mayor apuesta por la innovación empresarial. Sin embargo, tras varios años de crisis, lo que se pone de manifiesto está muy lejos de ir en esta dirección. Ni siquiera con una economía en recesión, las ratios de inversión en I+D+i muestran un crecimiento relativo, sino que, por el contrario, tienden a disminuir. El cambio que España necesita exige proyectar la ciencia y la tecnología hacia el tejido productivo, haciéndolo más innovador, competitivo y sostenible, así como promover la colaboración, el asociacionismo e, incluso, la fusión de empresas. Los datos de Eurostat al respecto son definitivos: España e Italia, prima de riesgo incluida, compartimos el mismo escenario; nuestras empresas no financieras se sitúan en la parte baja en cuanto a valor añadido por empresa (203,9 y 164,1 miles de euros) así como en cuanto a número de empleados (5,28 y 3,94).

Por otro lado, ninguna reforma laboral ha generado empleo por sí misma, ni tampoco esta va a hacerlo. Si comparamos la evolución del PIB y la tasa de paro desde 1999, vemos que en España el paro crece más rápidamente que en la UE-15 cuando hay recesión, y solo se genera empleo a partir de crecimientos del PIB superiores al 2%, un punto más que en la UE-15 y a menor ritmo. Es decir, en economías medias con un tejido productivo tan atomizado, basar la competitividad fundamentalmente en el coste y la docilidad de la mano de obra es una terapia de choque que ya no es suficiente, y en virtud de la cual el empleo se crea más despacio y se destruye más rápidamente. Es como las dietas de adelgazamiento: cuanto más rápido pierdes los kilos antes, y en mayor cantidad, los recuperas. Este camino cortoplacista ya lo hemos recorrido en ocasiones anteriores, devaluaciones de la peseta incluidas, y siempre con el mismo resultado, un paro estructural que oscila entre el 10% en los mejores momentos y más del 20% en épocas de crisis, olvidando siempre que competitividad e innovación van de la mano. Romper con esta tendencia exige otro tipo de apuestas, tales como: la de la cualificación, compromiso y motivación de las personas, la de la calidad de los productos y la tecnología aplicada a la mejora de los procesos o la del tamaño de nuestras empresas para que sean capaces de producir excedentes suficientes para reinvertir y no depender del crédito como única alternativa. No es esta filosofía la que impregna la presente reforma laboral. Además de otorgar una excesiva discrecionalidad a las direcciones de las empresas (tres trimestres consecutivos de bajada de facturación para despedir por razones económicas), es una manera equivocada de fomentar el empleo en las microempresas y autónomos (cláusulas de descuelgue a la carta, bonificaciones en las contrataciones de los emprendedores, periodo de prueba con despido gratuito).

Precariedad

Además, desde el punto de vista de la innovación empresarial, nos preocupa la precariedad que subyace en la reforma laboral por dos razones. En primer lugar, porque incentivar un tejido productivo basado en la precariedad del empleo no puede ser nunca un estímulo para la innovación, sino más bien una tentación para el abandono en lo más fácil. En segundo lugar, porque la realidad contrastada nos enseña que el trabajador que padece unas condiciones laborales precarias no llega a sentirse parte de la empresa y no se involucra en proyectos en los que su creatividad puede dar lugar a aportaciones innovadoras. Por ello sostenemos que, entre otras consecuencias indeseadas, esta reforma va a incidir negativamente en la creación y gestión de conocimiento y de capital intelectual en las empresas. En todo caso, se esté o no de acuerdo con ella, la reforma laboral, debería ir enmarcada en un conjunto de políticas transformadoras del tejido productivo; por ello se echa de menos que las asociaciones empresariales se hayan pronunciado contundentemente a favor de la misma y, prácticamente, no hayan levantado la voz para proponer, a las empresas y al Gobierno, ideas para un cambio de modelo que sigue siendo imprescindible.

Las pymes necesitan mecanismos de estimulo a la innovación sistemática y a la internacionalización, y que les permitan alcanzar la masa crítica que los proyectos complejos exigen pero que cada empresa individualmente no posee. Y existen en España instrumentos para ello que deberían potenciarse y dotarse de un incremento de recursos económicos. Se trata no sólo de impulsar el propio desarrollo científico y tecnológico, sino también los mecanismos aceleradores de la transferencia y catalizadores de la colaboración. También es imprescindible facilitar a las empresas el acceso efectivo al crédito que permita financiar la innovación y no sólo, aunque también, a través de los programas oficiales de ayuda. En resumen, un modelo de competencia basado principalmente en la “devaluación laboral” relegará la innovación a un papel secundario, lo que a medio plazo significará todavía mayor pérdida de competitividad. Es necesario un gran pacto para la transformación del modelo productivo que vaya trasladando el fundamento de nuestra sostenibilidad económica desde los costes laborales hacia la innovación y la excelencia. Ello debe ir acompañado de un profundo cambio del sistema educativo, pero este asunto desborda ya la capacidad de esta Tribuna.

El nuevo lunes http://www.elnuevolunes.es/historico/2012/1453/1453cyt.pdf

 


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